Conferencia por el Día del escritor. En el Museo de Medios de Comunicación,
de Resistencia, Chaco, el 14 de Junio de 2004.

El Santo Oficio de la Escritura

Por Mempo Giardinelli

Dedico esta conferencia a la memoria de Guido Miranda, Alfredo Veiravé,
Hilda Torres Varela y Eduardo Fracchia. Cada uno a su modo, fueron
mis maestros chaqueños. Y también lo dedico al poeta
Aledo Luis Meloni, aquí presente, por su magisterio poético y moral.

Medité largamente los posibles tópicos a tratar esta noche y creo que por fortuna, para ustedes y para mí, los fui descartando uno por uno.

El problema es que el hecho mismo de que un escritor reflexione sobre lo que es ser escritor, en el Día del Escritor, no deja de ser un lugar común. De manera que frente al conflicto preferí pensar en alternativas, y la única que encontré fue compartir con ustedes algunas divagaciones producto de la heterodoxia de mis lecturas y de la acumulación de ideas y experiencias que traen los años.

Entonces me puse a revisar viejos papeles, como si en ellos pudiera encontrar la respuesta, o mejor, el camino hacia una respuesta a la invitación de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, que, desde luego, no tienen la menor idea del lío en el que me metieron.

Porque yo jamás he sido la clase de escritor que teoriza la literatura desde la formación y el estilo académico. No ha sido mi modo, supongo que porque en la Universidad estudié Derecho y no Literatura. No dudo que a esa circunstancia debo mi oficio de periodista y la vocación por reflexionar ideas sobre la cultura y la política de nuestro zarandeado país. Como tampoco dudo que mi oficio de escritor deriva de mi formación como lector, que en mi caso es decir mi madre y mi hermana, de las que heredé una formación libresca heterodoxa pero inclaudicable, y que estimulaba por sobre todo la libertad y la curiosidad ilimitadas.

Quizás por eso me fue dado ser la clase de escritor que prefiere la reflexión posterior al hecho escritural. Porque a mí lo que me encanta no es estudiar la literatura, sino hacerla, y reflexionar después sobre lo ya escrito. Es allí donde busco la revelación, tanto de los orígenes como del sentido de la obra concreta. Por eso el análisis literario, para mí, es más bien la develación de la práctica de la escritura, la sumersión en laberintos interiores sin guía ni astrolabio y, sobre todo, el descubrimiento de las iluminaciones que toda obra debe contener, y que si no contiene será olvido. Porque la literatura siempre es memoria, ya que es la vida por escrito.

Por supuesto, cuando escribí mis primeros libros yo no sabía todo esto. Probablemente ahora tampoco, pero los años me fueron dando la capacidad de, al menos, intentar estos razonamientos. Mis primeras dos novelitas las escribí de acuerdo a planes, fichas y mapas de la escritura. No sirvieron para nada y las abandoné, no sin dolor para mi ego juvenil pero por suerte para la literatura. Así aprendí que el camino era caminar sin planes, de manera que el proyecto fuese la escritura misma y escribir consistiese en ir descubriendo cuál era el proyecto. Y aprendí que sólo mucho después —cuando el texto resultante era capaz de soportar una primera lectura crítica, o sea mi primer despedazamiento— sólo entonces comenzaba el trabajo del escritor. La famosa página en blanco no fue jamás el problema, al menos para mí. El problema, siempre enorme, torturante y maravilloso, está en el duro y riguroso trabajo de pulir la prosa, clarificar el sentido, consolidar la idea y, desde luego, abrillantar el estilo. Ése es para mí el arduo trabajo del escritor.

Escribir, entonces, desde la ignorancia de lo que se escribe. Escribir concientemente sobre lo que no se sabe, para conocer el qué y el cómo; y no para alcanzar revelaciones sino para buscarlas, que es mucho mejor porque hace a la tarea más noble y más humilde. Escribir como si la escritura —me gustaría decir la pluma, aunque ahora corresponde decir el teclado— fuese una linternita que ilumina el sendero. Es decir, escritura como indagación, como introducción en un laberinto que no tiene salida ni debe tenerla, pero que es fascinante recorrer aunque sea para perderse en él.

Creo que a esto me lo inculcaron desde chiquito. Vivíamos en una casa de la calle Necochea que todavía existe, a media cuadra de Edison (que por la manía nacional de no dejar nada en pie luego se llamó Tucumán y hoy se llama Perón), y en mis evocaciones veo siempre a mi mamá y a mi hermana leyendo. Las veo esperando dos veces por semana la llegada de las revistas que colmaban el quiosco de la esquina. Los semanarios de entonces (El Hogar, Vosotras, Vea y Lea, Leoplán) siempre contenían lecturas, de clásicos y modernos. Allí se encontraban textos de André Gide o de Adolfo Pérez Zelaschi, de Ernest Hemingway, de Rodolfo Walsh o de Silvina Ocampo. La buena literatura era importante para las revistas de aquella época. Los libros, en cambio, llegaban por correo. Ellas los encargaban a las librerías de Buenos Aires como quien encarga tesoros que, al llegar, eran velozmente devorados. Y todos los mediodías el almuerzo se amenizaba con sus comentarios, ante el silencio respetuoso y complacido de mi padre, que sólo leía el diario "El Territorio" (que se hacía en este mismo edificio) y "La Nación" de Buenos Aires que llegaba con un día de demora.

La lectura, la literatura, la conversación, la historiación y la narración constante eran, en cierto modo, la vida misma para las mujeres de aquella casa y sus amigas. Yo creo que fue eso lo que me hizo sentir siempre tan femenina a la escritura. Además soy padre de tres hijas, y tengo una nieta, y mis mejores momentos los pasé, siempre, escuchando narraciones de intrigas e ilusiones, amores y desamores, sueños y frustraciones en boca de mujeres, y mujeres que leían mucho y tenían la imaginación y la pasión, por lo tanto, bien entrenadas. Así me fui ensopando de la literatura que eran sus palabras, todo sentimientos siempre, todo desenfreno y locura, como si las vidas corriesen a la par de las novelas y cuentos que se leían en la casa. Así me hice lector yo mismo, que entré tanto en Julio Verne y Monteiro Lobato como en el inconveniente Alberto Moravia; en los fascinantes y apropiados relatos de Salgari y de Stevenson como en la densidad de Dostoievsky y Lagerkvist; en aventuras como la de Robinson Crusoe y en textos prohibidos como "El amante de Lady Chaterley" de D.H.Lawrence o las "Memorias de una Princesa Rusa". De ahí para acá todos los domicilios de mi vida, siempre, todos, han estado llenos de novelas y de poesía, de cuentos y también de sueños dominados por las narraciones de tías, novias, amantes y amigas.

No sé si decir esto tiene sentido para celebrar —si es que celebramos— o para recordar, que quizá es más apropiado, el Día del Escritor. Yo soy sólo uno de tantos, uno de los miles que en este país y en esta América andamos dejando testimonios de nuestra imaginación o nuestra locura, que en materia literaria son lo mismo. Pero sospecho que sí, porque ese mismo desvarío inocuo es el que nos valida. Al contrario de la vida práctica (la aparente vida verdadera de la política, la economía y los desenfrenos y dolores de la sociedad y el mundo), la vida en la literatura tiene la condición magnífica y sugerente de la verdad aludida: la que no siendo, es; la que sin decir mucho, dice todo; la que sugiere con levedad de pluma pero tiene el peso grave de un perfecto do de pecho de barítono.


Y es que la literatura permite la mentira y juega con ella. La legitima, la enaltece, la purifica. Hace cuatro años, en Lisboa, participé de una lectura colectiva en la Fundación Fernando Pessoa. Después de una conferencia de José Saramago, hubo una pequeña maratón a cargo de Luis Sepúlveda, José Manuel Fajardo, Rosa Montero y algunos más. Ya sobre el final, y antes de ir al puerto, donde íbamos a cenar, Luis insistió en contar él mi cuento "Kilómetro 11", que en realidad no es mío sino que es un cuento de Miguel Angel Molfino que él nunca pudo contar de tanto que le dolía esa historia, y entonces me la regaló para que yo la escribiese. Lucho la contó como la recordaba y lo que se produjo fue fantástico: un escritor narraba lo que había escrito otro, que en realidad había escrito la narración de un tercero, y el público que escuchaba atendía la fuerza del relato independientemente de sus autores: el que vivió la historia, el que la hizo texto, el que la narraba de viva voz.

Este fenómeno es para mí uno de los más maravillosos que produce la literatura. Nosotros, los mentirosos, somos los que denunciamos las verdades más horrendas de la vida, los que inventamos las más hermosas acciones, los que dejamos asentados los más nobles principios y valores. Mentimos para contar, y mintiendo mostramos los contrastes humanos. Escribimos con permiso y autoridad para mentir, y mentimos para llamar la atención. Si es cierto que una persona es tan sólo lo que es su propia vida, o sea lo que es su historia, sentimos temor, pudor y vergüenza de que nuestras vidas sean mediocres o intrascendentes. Por eso exageramos. Por eso mentimos. Por eso escribimos.

Pero quizás por eso también nos invade, a veces, una cierta melancolía. Y es que más allá de la aprobación que mis textos pueden obtener suele ganarme la sensación inquietante de que mi propia vida de escritor anda siempre a caballo, o mejor dicho a doble caballo como esos virtuosos de los circos de antaño que eran capaces de galopar sobre dos bestias, un pie en el lomo de cada una y encima sonriendo como si fuesen felices. Mi escritura se monta también sobre dos bestias: la Historia y la Literatura, a las que visito ora desde la perspectiva del periodista, ora de la del literato. No tienen códigos iguales, ni siquiera son paralelas en sus reglas: en una la velocidad, la urgencia. En la otra el reposo, la calma. En una la verdad, o la búsqueda desesperada de la verdad. En la otra la mentira legitimada, la mentira como regla, nutrición y beneficio.

Ya nos lo enseñaba Juan Rulfo hace años, a sus entonces jóvenes amigos que todos los viernes nos reuníamos alrededor de su magisterio de café. “La literatura es mentira, pero no falsedad”, decía él, y era tan difícil entender lo que nos estaba señalando que luego nos quedábamos debatiendo lo que había querido decirnos: Que mentimos pero no engañamos. Que en la literatura los valores no es que sean otros sino que son más nobles, y por eso la mentira es buena, porque alude siempre a la verdad y no lastima, mientras la falsedad, en cambio, nunca es noble y no alude sino que distorsiona. La mentira literaria es iluminadora, imaginativa, profundamente ética en la paradoja. Pero la falsedad engaña siempre, lo que es falso confunde, juega sucio y carece de ética y de estética. Es como el espejo deformante de los viejos parques de diversiones: su producto siempre es grotesco, inaprehensible, aberrante aunque provoque risa.


Debieron pasar años, y yo retornar a mi país, para que empezara a comprender la inmensa sabiduría de aquella enseñanza rulfiana. Basta ver hoy, ay!, cómo se falsea en esta tierra y en todo el mundo, cómo se distorsiona y se engaña, incluso, en nombre de la verdad.

Nunca dejo de asombrarme de las posibilidades de la mentira literaria, que son ilimitadas. A veces deliciosas, a veces inquietantes. Hace un par de semanas llama a la Fundación un señor desde Buenos Aires, habla largamente con Adela y le explica que su mujer, que es paraguaya, ha leído La revolución en bicicleta y está conmocionada porque su mamá se llamaba Guadalupe Sosa y era tal cual yo la describo en la novela, y entonces quiere venir al Chaco para que yo le cuente cómo investigué esa vida. Me deja perplejo: ¿cómo explicarle que jamás conocí a nadie con ese nombre y que todo fue una invención literaria? ¿Le miento de nuevo y continúo la mentira como una fuga hacia adelante, o le rompo la ilusión? ¿O le explico cómo funciona la literatura, a riesgo de que esta buena señora piense que soy un cretino?

A veces me siento así. Como el último viernes. El diario "La Voz del Interior", de Córdoba, publicó el domingo pasado un capítulo de Final de novela en Patagonia en el que describo la decadencia de la ciudad de Sierra Grande después del cierre de la mina de hierro, y hablo del dolor que me produjo ese pueblo que en el año 2000 parecía condenado. A mi rabia por la estafa política la vestí con ropajes literarios y comparé a Sierra Grande con Comala, el desolador pueblo de la novela de Rulfo. Pero evidentemente algunos lectores no comprendieron, o no aceptaron, que la literatura es alusión y, por lo tanto, el único terreno en el que la mentira no es condenable. Entonces me llovieron cartas electrónicas insultantes, se acordaron muy mal de mi mamá, desearon que me muera pronto y vaya al infierno sin escalas y hasta me acusaron de votante menemista de esos que ahora no lo reconocen. Fue como si en mi texto yo dijera: "Se trata de literatura, muchachos, entonces cuenten conmigo" y estos lectores me respondieran: "Váyase al carajo"

Es claro que esto también sucedería aquí con cualquier forastero que pasara y nos describiera con crudeza y sin piedad. Para cualquier comunidad es difícil aceptar la evaluación ajena, a menos que sea complaciente. Y no todo el mundo es buen lector ni comprende los códigos de la literatura, que es una mirada sobre la vida a la que no le importa ser juzgada como cierta o falible sino como bella y significante.

Hace veinte años, cuando regresé del exilio en México, algunos amigos organizaron una conferencia como ésta, pero de bienvenida. Yo no sólo regresaba sino que traía un par de novelas, una de las cuales (Luna Caliente) había sido premiada y venía teniendo mucha aceptación en varios países. Aquella fue una noche muy emotiva para mí y algunos quizá recordarán que en determinado momento una persona del público cordialmente me reprochó que yo decía en la novela "algunas cosas que no eran así". Y puso como ejemplo que en Luna Caliente yo decía que Fontana queda a unos veitne kilómetros de Resistencia, cuando en realidad éstá a sólo siete...

Me desconcertó, por supuesto, y primero balbucée una respuesta admitiendo que la distorsión había que atribuirla, acaso, a la distancia, los años y el trajinar de la nostalgia, que siempre saca de foco los recuerdos y los magnifica. Pero enseguida me di cuenta de que la respuesta era otra y era literaria. El escritor no es cronista de la verdad, y menos de la verdad geográfica. La Rusia zarista de Pushkin, Chéjov y Dostoievsky es como ellos me la describieron y no tiene ninguna importancia si las cosas "realmente eran así". Las cosas en la literatura son como me las cuentan los libros. Yo no vi a ningún cosaco en mi vida, pero sé cómo son los cosacos gracias a Nikolai Gogol. Luego entonces, dije, lo siento mucho pero ahora en la literatura Fontana queda a veinte kilómetros de Resistencia.

Son muchísimas las experiencias en igual sentido. Hace muchos años una revista porteña me mandó a General Villegas, en la provincia de Buenos Aires, para ver si el pueblo que narraba Manuel Puig en Boquitas pintadas "era realmente así" y luego escribí un artículo señalando todo lo que Puig había cambiado. Y me sentí horriblemente mal. El mío había sido un estúpido trabajo, ordenado por un estúpido jefe de redacción. Desde entonces nunca más quise ver, en la literatura, "las cosas como son". Aprendí que el trabajo del buen lector comienza, entre otras cosas, por el respeto al escritor y eso significa leerlo y creer lo que ha contado. Intenté explicarlo la pasada Navidad a un muy querido amigo que me dijo que mi cuento "El Perro Fernando" publicado en la contratapa del diario Página/12 tenía "algunos errores de información". Pues bien, le dije yo, habrá que estar atentos cada vez que se escriban crónicas biográficas de nuestro perrito, pero en mi cuento Fernando fue tal como yo lo cuento.

Con esta convicción, cuando fui a Colombia no me interesó buscar el "verdadero" Macondo, porque Macondo era el que existía en los libros de Don Gabo, único y maravilloso. Y cuando recorrí el Sur de los Estados Unidos lo hice emocionado por pisar la tierra de Truman Capote y Erskine Caldwell, y no me importó si los algodonales de Alabama y Louisiana que yo veía y me recordaban tanto al Chaco eran iguales o diferentes que los de sus novelas. A todos los escritores y escritoras les sucede a cada rato. Mario Vargas Llosa ha tenido no pocos problemas por ello, y entre nosotros hubo penosas interpretaciones sobre lo cierto o lo falso en textos de Borges o de Cortázar.

Estoy hablando, como ven, de un aspecto del oficio del escritor que para mí es fundamental: la creación, la imaginación, la epifanía de un texto literario no es —no debe ser— sólo palabras e información sino también ideas, ambición estética y una propia, diferente visión de mundo, todo lo cual constituye la poética del texto. Porque sí, hay que decirlo, cualquier persona escribe y muchos lo hacen muy bien, pero si no hay poética no hay literatura. Hay, quizás, muchas cosas: modas, ventas, tendencias, mercado, horóscopos, lecciones de vida, chantas con posgrado y computadora, instrucciones para sentirse bien, globalización impresa. Pero literatura no.

De ahí mi decisión, amigas y amigos, de no pronunciar en este Día del Escritor ni una sola palabra, ni una sola idea desperdiciada en discurrir sobre libreros, editores, ferias, talleres literarios, reseñas periodísticas ni créditos para publicar libros. No, no, nada de eso es Literatura. En este Día del Escritor yo vengo simplemente a celebrar lo que para mí es el Santo Oficio de la Escritura, en el que la poética y la ficción son producto de la nunca lisa, ni llana, imaginación.

Parafraseando el transitado Dogma de un benemérito militar y político argentino, podríamos decir: "La realidad es la única ficción". Lo cual, aunque suena bonito, tampoco es cierto. Porque si bien nos nutrimos de la realidad, la ficción tiene orígenes mucho más variados, la ficción es poliédrica, no hay nada más multifacético que un texto ficcional, que siempre reconoce progenituras varias, complejas e ilógicas. Sale de lo cartesiano, como ya demostraron Lewis Carroll, Jonathan Swift y Franz Kafka, por lo menos. El texto ficcional suele nacer de la realidad y de la Historia, que son de todos, pero también nace de lo onírico, que es individual e íntimo. La ficción, además, requiere de la poesía para ser, y su tesitura registra todos los tonos porque va a de donde viene, y viene de adonde va. No hay concordancias ni registros monocordes que definan a la ficción, que siempre abarca lo que nuestro ojo en el caleidoscopio: algo único y múltiple, efímero e infinito, inagotable en su variación.

El escritor, lo sabemos, en cualquier sociedad es casi siempre un bicho raro. Sospechoso e inabordable para muchos, para otros es sujeto o fuente de misterios. Uno se enfrenta de muchas maneras a la buena o mala voluntad de sus conciudadanos, la inmensa mayoría de los cuales no son lectores. Eso es evidente en medios limitados, como Resistencia, donde todos nos conocemos, o creemos conocernos, quizás para que las sorpresas no nos destanteen cuando nos enteramos de las fascinantes inconveniencias de los demás. En medios así sucede que a uno le preguntan, como el otro día me preguntó un policía en el taller mecánico mientras yo esperaba que me entregaran el coche: "Y, Don, ¿cómo va el escrito?". Y hace unos años un jardinero de Paso de la Patria, al verme trabajando en el jardín, chanceó: "Mire, Don, que la pala no es lo mismo que el birome".

En el imaginario colectivo, si me permiten decirlo, el escritor es un inclasificable, es un poco el Bartleby de la novela de Melville. Y esto no es nuevo. Hace cien años Benito Pérez Galdós contaba, en España, esta anécdota preciosa: una mañana un vecino pasa por su casa y lo ve en el porche, pensativo y con la libreta de apuntes en la falda y un lápiz en la mano, y lo saluda: "Adiós Don Benito, ¿descansando?". "No —responde él—, trabajando". Luego, por la tarde, pasa el mismo vecino en sentido contrario y lo ve en el jardín, ocupado en cortar el césped y colocando tutores de madera a unos arbolitos. "Adiós, Don Benito, ¿trabajando?" "No —responde él—, descansando".

Esas personas, y en particular las que no son lectoras, no saben que el escritor anda siempre con un texto atragantado y lo busca en la soledad de sus pensamientos y en su corazón. No puede con él y entonces intenta variaciones, prueba registros de escritura, experimenta formas, inventa personajes que moverá en nuevos escenarios que son, muchas veces, re-creación de los escenarios llamados "verdaderos". Y nada calma su ansiedad. No solamente no ve la salida, sino que ni sabe cuál es el camino. La esquiva inspiración —o como se llame el irreprimible y desesperante deseo de escribir— no termina de llegar nunca hasta la pluma o el ordenador. Toda parición literaria provoca, siempre, más o menos la misma angustia. Que no por conocida se sufre menos.

Quizás porque esa angustia se trasluce, o es indisimulable, algunas personas suelen obsequiarnos con historias que, creen ellos, nos resultarán irresistibles. ¿Qué hacer frente a eso? ¿Cómo rechazar esas narraciones casi siempre generosas en lugares comunes y frases hechas? ¿Cómo no ofender a esas almas buenas, cómo no lastimar sus nobles intenciones? Uno aprende, también, que es parte del oficio del escritor saber escuchar, complaciente y atento, las anécdotas de quienes honestamente creen estar aportando a la literatura.

Pero el verdadero conflicto consiste, después, en que uno inevitablemente sopesa lo escuchado. No importa que uno sepa, de antemano, que la literatura sólo se cuece con elementos intensa e íntimamente sentidos. No importa que uno sepa, como sabe, de manera irrevocable, que la literatura solamente nace de la mucha lectura en feliz encuentro con la observación rigurosa, el implacable registro de la vida colectiva y los conflictos de la vida propia. Como si todo eso no importara, uno considera igualmente la anécdota ajena y pierde un precioso tiempo en divagaciones que funcionan siempre como excusas perfectas para no escribir. Y éste es el principal enemigo del escritor: su propia capacidad de inventarse excusas, de no resistirse a las infinitas y retorcidas excusas que siempre somos capaces de encontrar para no escribir. Y todo por el maldito miedo y la maldita vanidad, que suelen ser causantes de largos períodos de esterilidad literaria que también aquejan, y desesperan, al escritor.

He hablado de esto con muchos colegas. Fue casi un tópico en mis encuentros con Luis Sepúlveda, quien estuvo varios años novelísticamente paralizado. En Gijón, en el Chaco o en París he comprendido su angustia, y también he aprendido de ella. Como aprendí de los silencios de Osvaldo Soriano cada vez que terminaba un libro; de la sabiduría de Reina Roffé, que macera tan lentamente cada uno de sus textos; y ni se diga del magnífico silencio literario de 28 años que guardó Juan Filloy. Aprendí que cada uno de nosotros, cuando se llama a silencio, se está preservando, escudado en una reclusión productiva. Pero cómo angustia no saber cómo seguir...

Me pasó muchas veces. Tengo todavía, por ahí, algunas historias que no dejan de ser interesantes, como la que me obsequió un muy querido amigo que es abogado: ocho hermanos de una familia aristocrática se reúnen a debatir la herencia. Sólo han pasado dos semanas desde el fallecimiento de la vieja viuda matriarcal y ya están todos enfebrecidos por la codicia. Quien me cuenta la historia es un amigo entrañable, y los dos sabemos que lo hace para que yo la escriba. Y la verdad es que empieza bien, con la mucama que sirve café en el enorme living de la casona familiar, mientras todos los asistentes, que son gente educada y de fortuna añeja, se mueven entre el moblaje pesado y la barroca cristalería como peces en el agua. Algunos han venido desde muy lejos, hace mucho que los ocho hermanos y hermanas no se ven. La gran mesa los convoca y algunos se sientan, caminan alrededor e intercambian bebidas y saludos. Hasta que una de las mayores comenta que le gustaría quedarse con esa mesa, que es de roble centenario y a ella le trae recuerdos y le quedaría bien en el living de la estancia. Y entonces empieza el debate y rápidamente se pudre todo. No llegan ni a las joyas, desde luego, ni mucho menos a las propiedades y las inversiones. En minutos todo son recriminaciones y vuela una taza, dos hermanas se retiran declarándose estafadas, un tercero amenaza con querellarlos a todos y mi amigo, sin dudas la mejor persona del sainete, decide hacer mutis en silencio porque le importa un pito la herencia y es el único que siente nada más ni nada menos que dolor.

Pero no puedo escribirla. En el manicomio que es la cabeza de un escritor (la idea, que me encanta, es de Filloy) siempre hay locos sueltos y situaciones insólitas capaces de hacerse novela, pero uno no puede, o no sabe, escribirlas a todas.

Entonces uno aprovecha para leer mucho, desde luego, o para corregir o reescribir apuntes y pasarlos al ordenador. No es un trabajo sencillo, y a mí siempre me malhumora porque no entiendo mi propia letra y me enojo porque estoy seguro de haber anotado algo que valía la pena pero ahora debo tirarlo a la basura porque sólo son jeroglíficos incomprensibles estampados en servilletas, reversos de boletas y facturas, recortes de manteles de papel, bordes de hojas de diario o cuanto papelito se me puso enfrente. Este proceso es desesperante, y aunque algunas veces descubro que no toda anotación fue inútil, inexorablemente me pregunto si la labor tiene sentido; por qué trabajo de modo tan caótico y antiprofesional; para qué y para quién escribo lo que escribo y si algún día seré capaz de darme cuenta de que lo que hago no sirve para nada y —lo que sería peor— si sabré admitir que a nadie le interese.

Mi respuesta es siempre la misma: que no lo sé, aunque sé que escribo para ser leído. Me resisto a creer que alguien escriba, realmente, para sí mismo, aunque muchos lo proclamen. Descreo de la escritura onanista y pienso que uno siempre tiene lo que llamo un “Lector Ideal Implícito”. Por lo menos yo, cuando escribo, desde que empiezo a fantasear un texto y acumulo ganas y dejo que el deseo crezca dentro de mí, me doy cuenta de que cada texto me impone de antemano un lector que identifico. Es como si el texto se fuera gestando para su lector ideal: la narración o el poema lo traen incorporado y generalmente sé de quién se trata. Eso me permite imaginar que cada página que escribo, cada frase, en cierto modo está siendo creada para un lector concreto.

A veces es mi hermana, o un amigo o la mujer de la que estoy enamorado, o un maestro o simplemente el mozo de un bar o la dependiente de una tienda, alguien que he visto sólo unos instantes en algún lugar. Vivos o muertos. Lo que importa es que en el momento de la escritura necesito tener a ese interlocutor de mi lado, a mi lado; preciso imaginar que me presta su oreja para que yo le narre la historia que está naciendo.

Quizá eso se debe a la convicción de que en mis textos lo conversacional debe cumplir siempre una función. Me importa tanto la comunicación con el lector que quizás me ejercito conversándole el texto que escribo, mentalmente, a cualquiera de estos lectores ideales. He escrito páginas pensando que eran para Poe, para Dante, para Borges o para García Márquez y todavía pienso que me encantaría que algunos de mis textos fuesen leídos hoy por Juanito Rulfo. Hay un capítulo de mi novela Santo Oficio de la Memoria que en realidad es de él; lo tuve tan presente que le pertenece porque allí narro historias que él me contó y hasta lo hago personaje de ese fragmento. Algunos lectores lo advirtieron.

Una vez, en los Estados Unidos, me tocó vivir una de esas situaciones inconvenientes a las que todos alguna vez nos enfrentamos. Ha muerto el amigo más querido de una amiga mía, una académica norteamericana a la que quiero mucho. Desolada, ella me llama y me pide que la acompañe al velatorio. Yo entro en pánico y, dificultosamente, intento explicarle que jamás voy a velorios. No sé cómo decirte —le digo— pero no se me dan; me pongo mal, entro en pánico y me sube la presión. Además me descompone el olor de las flores y siento un rechazo ideológico por el comercio de la muerte. Ella me dice que no le interesa nada de lo que estoy diciendo. Le explico entonces que debe ser un trauma de mi niñez, que soy más hipocondríaco que Woody Allen, que me aterra la muerte y cuando veo un cadáver no puedo dejar de pensar que el próximo seré yo, y después tengo pesadillas horrendas con cajones y deudos vestidos de negro que me sonríen. Así que a lo sumo puedo buscarla para que tomemos café y charlemos toda la tarde de su amor por el muerto, si quiere, pero que no me pida entrar.

        —Eso es lo que pasa con ustedes los latinos —me acusa ella, ofendida, antes de cortar la comunicación—. Que son capaces de sentir y decir todas esas cosas horribles.

Y es verdad: un escritor es capaz de sentir y decir todas esas cosas, horribles o divinas. Lo que es imparable es la vocación por sentir y por dejarlo escrito. Para eso no hay guiones ajenos y no sirve ninguna sugerencia porque son las historias propias, las paridas en el dolor o en los sueños, en las lecturas o en la experiencia, las que exigen ser escritas y lo hacen de la manera más despótica. No hay tregua cuando uno empieza, no hay antifebril que valga cuando uno se largó al camino de un texto. Escribimos, suelo pensar, como desean los toros. No hay corral que los detenga, no hay alambrado ni muro que no se atrevan a cruzar aunque se destrocen el cuerpo.

En estos últimos años, sin embargo, la escritura se me da de un modo, diría, más casual. Quizás porque espero menos de mí mismo —lo que es una maravilla que me están trayendo los años—, lo cierto es que me dejo llevar más por lo que aparece que por lo que busco. Y tengo la fortuna de ser un hombre que sueña mucho. Ya he escrito por ahí que gracias a dormir la siesta yo no tengo 365 sueños al año sino 730. Pero aunque sueño de todo —porque todo viene provocado por las lecturas, por la vida de este país, por la impotencia y el amor, por la ansiedad y el cansancio— la verdad es que la inmensa mayoría de lo que sueño no sirve para nada. Pero algunos pocos sueños sí quieren ser escritos y a mí me encanta aplicarme a esa tarea.

Claro que no siempre los resultados son los que uno desea, o los que uno imaginó en la primera frase. Hay un sueño horrible que me persigue y nunca consigo escribir: Estoy en la cocina de la casa de la calle Necochea, y contemplo el cadáver de una niñita en la ventana que da a la calle. Es como una muñeca de pelo negro, tendida sobre la mesada de granito negro que hay en la base. La miro, con creciente angustia, y de pronto la niña cae hacia atrás. Yo grito "¡mamá, mamá!" y enseguida aparece mi madre y vemos juntos el cadáver y ella llora y cierra la boca con enorme dolor, como conteniendo un grito. Entonces veo que su boca está cosida, como si fuera una cicatriz bajo los ojos. Angustiado, me suelto a llorar mientras clamo: "mamá, por favor no te mueras ahora, no me dejes solo". Y entonces me despierto.

Como ustedes advierten, éste no podría ser jamás el final de un cuento. Pero no encuentro otro. He soñado este sueño dos o tres veces en mi vida y siempre me dije "habría que escribirlo" pero siempre me sentí frustrado porque ese final es imposible literariamente, y no digo absurdo, que sería un mérito, sino ridículo, inadmisible como final de texto.

Como Ezra Pound, uno sabe que cuando todas las indicaciones superficiales hacen pensar que se debe describir un Apocalipsis, es imposible —y vano— pretender la descripción de un Paraíso. En ese sentido, el escritor es siempre un transgresor. Todo artista lo es. Toda obra artística que merece ser considerada como tal modifica y subvierte un orden establecido. Por eso no hay literatura conservadora, aunque existan infinitos textos pasatistas, insignificantes y olvidables.

Aspiramos al Cielo porque necesitamos transgredir. Lo deseamos como evasión de lo que nos es más probable, que es el Infierno. La gloria, entonces, no deviene de merecimientos, sino de una elusión que es, a la vez, una ilusión. La gloria literaria (verbigracia: la felicidad de un texto) depende de la constante alusión y elusión, requisitos de toda literatura significante. Consecuentemente, el camino hacia el cielo (literario) no es sino una transgresión para eludir el infierno, y aludir a lo que pasa, creando esa ilusión que es cada cuento y cada novela. Susana San Juan —es evidente— descree del cielo con la misma exactitud con que cree en el infierno. Las búsquedas fantasmales, los rencores vivos, los aires desgarradores y desgarrantes que recorren Comala, son transgresiones que expresan una misma ética desesperada. Creo que ésa era, aproximadamente, la filosofía de Juan Rulfo. Sabía que la transgresión es creativa. Transgredimos el lenguaje, lo doblegamos, lo reinventamos. La transgresión es condición inherente del arte.

Y ya para terminar quiero referirme a los otros dos enemigos invencibles de la escritura, que son la vanidad y la participación cívica. El primero, parafraseando a Borges, es eterno como el agua y el aire; y diría yo que dañino como yarará con Viento Norte. Qué alerta debe estar uno ante los embates de la propia estupidez, qué práctica diaria hay que desarrollar para mirarse al espejo cada mañana y repetirse que uno es un granito de arena en el universo, nada más, una puritita nada como nos decía Rulfo a los que entonces éramos muchachos y creíamos que un texto más o menos feliz era la puerta hacia la gloria literaria... Ya habrán visto ustedes, seguro, y tantas veces, los papelones de que son capaces algunos buenos, incluso grandes escritores, cuando no saben resistirse a las torpezas del ego. Y eso también nos lo enseñaba Juan: "A los escritores que uno admira mejor no conocerlos, mejor amarlos nomás en sus libros".

El otro enemigo de la escritura es la participación comunitaria como el ciudadano que uno es. En mi caso, y acompañado por muchos amigos y amigas generosos y activos, tengo el orgullo de haber convocado y puesto en marcha una Fundación que es ya protagonista de la vida cultural de esta provincia y este país. Y eso está muy bien, pero el tiempo se esfuma como el gas, cosa que compruebo con dolor a medida que sumo años y experiencia y advierto que pierdo, una tras otra, tantas oportunidades escriturales. Ustedes no se imaginan lo que me mortifica no poder escribir todo lo que yo quisiera y sí, en cambio, pasarme mañanas y días enteros pensando una nota periodística, una acción que ayude a combatir la ignorancia, una propuesta para oponernos a los energúmenos que tanto abundan.

Y no es algo que uno puede decidir livianamente, como parece, porque precisamente la Literatura, para mí, es una cuestión ontológica, inmanente y está vinculada a la práctica cívica y a los deberes del ciudadano. La Literatura es un ejercicio ético fundamental y una práctica estética con contenido y trascendencia sociales. De ahí que los escritores y escritoras, en tanto tejedores de sueños y enigmas, y polígrafos de la condición humana que somos, no hemos hecho otra cosa —desde Homero hasta acá— que discutir y reproponer, como en las escaleras interminables de Escher, todos los valores principales de la Humanidad. Es por eso que en los cuentos y novelas de la gran mayoría de los narradores y narradoras argentinos, como en la obra de casi todos los poetas, se encontrará casi siempre una posición que hace pie en nuestra crisis. La Literatura Argentina ha sido y seguirá siendo una larga y nunca terminada meditación sobre la condición humana en esta tierra, es decir sobre el Hombre y la Mujer de este lugar del mundo adolorido que tanto amamos y tanto padecemos.

Me gusta pensar en un mundo de hombres y mujeres que se respetan los unos a los otros porque han aprendido a respetarse a sí mismos. Un mundo en el cual la tortura, la guerra, la censura, la persecución y el engaño sean palabras olvidadas. Como escritor, sueño con ello aún cuando sé que es un sueño imposible. Puede que algunos piensen, entonces, que esto es puro idealismo. Y así es, en efecto. Pero ¿qué duda cabe de que también fue con idealismo que la especie humana obtuvo sus mejores logros?

En fin, éste es mi Credo: "Yo narrador me confieso ante Dios todopoderoso, creador etcétera, etcétera, etcétera", como esta noche lo hice ante ustedes.

Muchísimas gracias. •


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