Cuestiones interiores (Capítulo 1)
Nunca sabría por qué le pegó. Jamás podría explicarlo, Juan, ni a sí mismo, por qué lanzó aquel manotazo contra ese hombre completamente inofensivo.
Estaba orinando junto al otro, sí, y el hombre estaba a su derecha, haciendo lo suyo del otro lado del mármol que los separaba. A su izquierda también había un tipo, según recordaba, y había otros dos más en la larga hilera de mingitorios. El de la izquierda fue el que terminó primero y se retiró sacudiéndose no sin cierta ostentación. No advirtió cuándo ni cómo salieron los del fondo, que hablaron algo entre ellos, en un idioma que le pareció raro, irreconocible. Pero no tenía por qué resultarle extraño, puesto que estaban en el baño de hombres del aeropuerto internacional. Lo que sí fue extraño fue el impulso que lo dominó y que no pudo reprimir apenas terminó de orinar. Juan ni siquiera había mirado al hombre a su derecha, no hubiera podido juzgar si era viejo o joven, gordo o magro, pero el impulso le hizo sentir (¿diría que le hizo saber?) que era peligroso. Eso: peligroso. La sensación de peligro, cómo explicarla, Juan no puede explicarla ahora, pero la sintió, oh sí, vaya que la sintió.
Y además demoraba demasiado en terminar su evacuación, era evidente que el tipo ya estaba allí, mirando hacia abajo, cuando él empezó a aliviarse. ¿Fue eso lo que le pareció peligroso? ¿No era una tontería? Sí, bueno, claro que lo era, al menos ahora sonaba a tontería pero él no había podido evaluarlo así en ese momento. Simplemente había sentido ese impulso inexplicable (y que por eso mismo, obviamente, ahora no sabía cómo explicar) de girar, digamos, sí, eso, violentamente. Pero no lo hizo violenta sino suavemente, aunque el impulso violento sí lo tuvo, de eso se acuerda muy bien. Al terminar de orinar, Juan, y tras levantar el cierre de su bragueta, pues sucedió que se dio vuelta para marcharse, con un giro leve, casi se diría que gracioso, o elegante. Pero entonces lo ganó, digamos, el otro impulso. Habrá sido por la sensación de peligro inminente, no lo sabe, no recuerda, pero apenas dando un primer paso giró con todo el cuerpo y estirando el brazo izquierdo le encajó un tremendo revés en la nuca al hombre que orinaba lentamente.
No, decididamente jamás sabría explicar el por qué de su actitud. Había sido un ataque gratuito, sí, podía admitirlo perfectamente, se daba cuenta, y bien podían creerle que su arrepentimiento era sincero. Pero no podía explicar nada. Su conducta era reprochable, desde luego, bien lo sabía, ¿cómo no lo iba a saber? pero no sabía por qué lo había hecho. Pero sí, claro que admitía que le había pegado. Había sido un mazazo rudo y por detrás, como a traición porque le dio en la nuca, donde nace la espalda. El hombre dio con la cara contra un caño chorreante que recorría la pared a todo lo largo, y cayó con bastante estrépito en el suelo húmedo y asqueroso. Es claro, si era un piso completamente meado, de baldosas viejas, de diseño antiguo, ya las conocen, que con los años resultan totalmente cuarteadas y como que conservan humedad en los poros. El pobre tipo cayó como un fardo pesado, como esas figuras de lata que hay en los polígonos de tiro y que se doblan hacia atrás cuando se las balacea. Sólo que esas figuras vuelven a levantarse y éste no, este hombre cayó con mucha mala fortuna, todo ensangrentado porque al parecer el choque contra la pared, contra el caño en la pared, le rompió algunos dientes, y la nariz, quién sabe, el caso es que cayó como una bolsa de papas en el mercado, flácida y amorfa, y en el piso se desparramó con un quejido suave, final, inesperadamente delgado y breve. Y quedó muerto, el hombre, ahí. Inesperadamente se murió, y Juan sin saber qué hacer, sin conciencia siquiera de lo que había hecho. Porque sí, claro, ésa era la pregunta: ¿Por qué lo había hecho, eh? Y no sabía, la verdad es que no sabía. Pues eso, que no sabía. No tenía explicación. Y es que no la había. De hecho le parecía, ahora le parecía, que no había ninguna explicación. Eso era todo.
Pero no lo era, claro, porque el hombre que había estado a su derecha, en el baño del aeropuerto internacional, orinando mansamente como él mismo y como todos los demás que orinaron en ese baño y ese día y muchos otros días, pues ese hombre ahora estaba muerto y Juan era el responsable aparente, y evidente, de esa muerte absurda, inesperada. Pero muerte al fin, y él era responsable de ese deceso porque le había lanzado una tremenda trompada desde atrás, sobre la nuca, con una virulencia inusitada, arteramente, eso, arteramente. Y no importaba si al hombre lo había matado ese golpe rudo o la caída desafortunada, el caso es que Juan tenía que ver con esa muerte, era el causante directo y alevoso, se diría luego públicamente, porque además el pobre hombre era un anciano y su lentitud urinaria estaba perfectamente justificada además de que no existe legislación alguna en todo el mundo que reproche semejante demora pues, como es obvio y todo mundo sabe, cada uno tiene el derecho a permanecer delante de los mingitorios el tiempo que se le dé la realísima gana.
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