Domo del Centenario, 18 de agosto de 2010
15° FORO INTERNACIONAL POR EL FOMENTO DEL LIBRO Y LA LECTURA
Discurso de apertura de Mempo Giardinelli
15º Foro: 15 años de educación lectora
Queridas y queridos colegas, autoridades nacionales, provinciales, municipales, amigas y amigos... Un año más y van quince... Quién iba a pensar, aquel agosto de 1996, en el aula magna de la UNNE, que estábamos marcando un camino que tantas instituciones públicas y privadas de toda la Argentina iban a seguir después... Siento ahora, y creo que mucha gente sentirá lo mismo, que en aquellas jornadas abrimos un sendero fenomenal para la recuperación educativa de nuestro país, que estaba entonces en una emergencia terrible.
Tres lustros después, y a partir de aquel primer congreso que auspició nuestra Universidad, la promoción de la lectura está instalada en todo el territorio nacional. Instalada y viento en popa, diría, porque ahora tenemos una sociedad bastante más consciente del significado de ser una nación de lectores; tenemos una generación de argentinos que lee mucho más que las precedentes; y tenemos una estrategia nacional de promoción de la lectura que va camino de instalarse como una política de estado de lectura, objetivo por el que siempre hemos bregado.
Precisamente hoy, esta mañana y en la Ciudad de Buenos Aires, se puso en marcha el Consejo Nacional de Lectura, organismo que coordinará esfuerzos e inversiones para garantizar a lo largo y a lo ancho del país la mayor calidad de lectura para nuestros hijos y nietos, y a partir de Octubre realizará la 2ª Encuesta Nacional de Lectura, precisamente una de las propuestas que con mayor constancia hemos sostenido durante años, tanto desde la Fundación como desde estos Foros.
Por cierto, este Consejo Nacional será asistido por un consejo asesor honorario, integrado por diversas personalidades de la educación y el fomento de la lectura, y me acaban de informar que he sido propuesto —por unanimidad— para presidirlo, lo cual es un honor no sólo para mí sino para todas las personas que colaboraron y colaboran con nuestra Fundación desde hace tantos años.
Pero si esto nos enorgullece, también nos fuerza a redoblar el compromiso porque está claro el objetivo, pero todavía no conseguimos ser nuevamente una sociedad lectora, como fuimos hace años. Sí estamos encarrerados, pero lejos de ver cumplido el sueño.
Es verdad que hoy se lee mucho, muchísimo más que hace 15 años. La generación que nació y se educó en esta década y media es más lectora que la anterior, sin dudas. Hay diferentes indicadores que así lo prueban y en primer lugar la experiencia de los maestros y maestras de todos los niveles. Lo celebramos. Pero aún no somos un país que lee como respira; no somos un país que confía en su pensamiento antes que en el de dudosos comunicadores; uno que sabe que leer es la mejor vía hacia el conocimiento, que utiliza con solvencia las nuevas tecnologías y en el que se escribe buena parte de la mejor literatura castellano-americana. Estamos lejos aún de todo eso, y subrayarlo no es negativo; es mantener en alto el mismo desafío que planteamos hace años cuando decíamos que leer y hacer leer era resistir. Fuimos consecuentes con eso y aquí estamos.
Nuestra Fundación ha trabajado ardua, denodadamente para instalar la idea de que leer es importante —además de sencillo, fácil y gratuito— y ahora que empiezan a verse los frutos debemos empezar a pensar en algo más que la mera promoción de la lectura. Porque hay algo más profundo y ambicioso, diría yo, que es el conocimiento derivado del acto de leer, o sea la maduración de las ideas que la lectura y el tiempo garantizan. Ésa es la plataforma sólida y segura desde la que adquieren sentido el acto de leer, los soportes de la lectura y desde luego lo que se lee. Sólo desde esa plataforma lograremos lo que más nos falta hoy en la Argentina: educación de calidad. No sólo la que da una instrucción básica, sino aquella que persigue y alienta la excelencia educativa. Que es nuestra gran deuda pendiente para con las jóvenes generaciones, porque la República Argentina está todavía muy retrasada en materia educativa, como nos muestran varias comparaciones internacionales que nos avergüenzan. Y es que la decadencia ha sido larga y la degradación enorme. Y eso genera desidia, abandono y resentimiento, que son enfermedades sociales que padece nuestro país.
Esta vez nuestro lema de trabajo fue "15 años de Foro y de educación lectora", porque englobar a la educación y a la lectura en una misma propuesta es un primer paso para salir de la mediocridad.
Necesitamos que la mediocridad no siga siendo una vocación inducida por las sucesivas crisis. Necesitamos constituirnos en una sociedad con fuerza y convicción para resistir la mediocridad y para que combatirla no sea, como a veces parece, la preocupación sólo de una clase que puede pagar una educación privilegiada o el envío de sus hijos al extranjero, sino una conciencia que cruce transversalmente a toda la sociedad argentina.
Me parece que ya no caben las muchas y justificadas excusas, empezando por el atraso en los salarios, que, hay que reconocerlo, ya no son indignos como lo fueron en la última década y media. Por lo tanto estamos en condiciones de pensar no sólo en educar para la inclusión, sino que también podemos y debemos prepararnos para la excelencia educativa.
¿No les parece que es hora de volver a pensar principalmente en la educación y ya no sólo en los salarios, y sobre todo pensar en términos de calidad educativa? Los que llevamos muchos años trabajando en el fomento de la lectura, y nos reunimos cada agosto en este Foro, sabemos que la lectura es uno de los caminos hacia esa excelencia, y que sin lectura no hay destino para los pueblos. Pero la calidad de la educación depende de otros factores, también, y los encargados de hacer leer y de garantizar una educación de excelencia son precisamente los maestros y maestras.
Acabamos de vivir una fiesta extraordinaria con motivo del Bicentenario de Mayo de 1810. Yo lo sentí como una gran oportunidad para pensar cómo estamos, y cómo queremos estar y ser en materia educativa y cultural. Y me pregunté: ¿Será que estamos ante un extraordinario y rico desafío, o en vísperas de una nueva frustración?
No es sencilla la respuesta, porque podemos estar en ambos umbrales. La sociedad argentina está bastante dividida en términos de optimismo. Una parte del país parece mirar sólo lo que falta, lo que no se ha hecho o se hizo mal, paralizada ante una corrupción persistente que desde hace por lo menos cuatro décadas se instaló entre nosotros, y convencida de que todo lo que dice la tele es verdad porque creer y no pensar le resulta más cómodo. Y la otra parte mira con ilusión pero aún con legítima desconfianza los avances producidos desde el aciago 2001 hasta hoy.
Como sea, hay muchos indicadores económico-sociales que nos dicen que estamos creciendo y saliendo del pozo, pero todavía hay muchísimo por hacer y enderezar. Sólo miremos los ferrocarriles, la contaminación, la minería descontrolada y el clientelismo político. En todo eso, como en todo lo que está mal, hay detrás una educación que desacertó y una urgencia acuciante por corregirla.
Y es que en materia educativa la herencia de la dictadura y de la ley federal de la década de los 90 fue como una bomba de neutrones sobre la educación sarmientina. Se le quitaron al Estado Nacional sus principales responsabilidades; se creó un falso federalismo en el que cada provincia improvisaba según el desconcierto de sus gobernantes; la desinversión educativa llegó a límites intolerables y se condenó a los maestros de todo el país a salarios miserables.
Desde 2007 tenemos la nueva Ley Nacional de Educación, la 26.206, que es mucho mejor porque es más democrática y garantiza el rol del Estado. Pero por sí sola no resuelve la descoordinación heredada de la dictadura y de los 90. Yo recuerdo el absurdo de hace unos pocos años, cuando los chicos del Chaco cuyos padres se iban a vivir del otro lado del río, no eran admitidos porque sus planes de estudio no eran compatibles con los de Corrientes. La Argentina llegó a tener 54 programas de estudios diferentes, ¡vaya absurdo! Ahora eso se está reordenando, pero todavía falta mucho y ni siquiera las nomenclaturas de los niveles terminan de emparejarse.
Pero hay mejoras evidentes y yo prefiero ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Hoy tenemos una ley de financiamiento educativo como jamás tuvimos. Hay nuevamente inversión en infraestrutura. Y los maestros, en casi todo el país, reciben salarios bastante más dignos y acordes al esfuerzo docente, que fue lo que durante tanto tiempo se reclamó ante el silencio o la negativa de sucesivos gobernantes.
El desafío de este tiempo, entonces, no puede ser otro que el de elevar nuestras miras. Leer, sí, pero también elevar la calidad de lo que se lee. Educar, sí, pero buscando la excelencia educativa.
El desafío de la lectura como parte del desafío mismo de la educación invita a revisar algunos aspectos, que me gustaría repensar:
1º_ Uno es la cuestión de la autoridad.
¿Cómo reconocer, proponer y sostener la autoridad de la lectura? Que es como decir: ¿Cómo reestructuramos la autoridad y la jerarquía en la escuela argentina? ¿Cómo hacer docencia entre los mismos docentes, y con los padres y madres de millones de estudiantes, para resolver de una vez el paso del autoritarismo despreciable a sanos y democráticos criterios de autoridad republicana? Ésta es una deuda de la democracia y nos toca a nosotros saldarla, porque la actual falta absoluta de autoridad, la pérdida del sentido de las jerarquías basadas en el saber y el conocimiento, están haciendo estragos en nuestro sistema. Y no hay sistema educativo en el mundo que pueda cumplir su misión sin criterios de calidad estrictos, para los cuales hace falta restaurar el respeto a las jerarquías, pero sin que ellas alienten el retorno a normas autoritarias.
Y esto conlleva otro asunto extremadamente complejo: la sanción. Que cuando leemos consiste simplemente en abandonar el texto mediocre o inconvincente. Eso mismo habrá que aplicar a la educación, donde el criterio perdido no es el del "castigo" pero sí el del cumplimiento de las normas, con la consiguiente sanción ante el incumplimiento. Se trata de revalorizar el sentido filosófico de la sanción. Atrevernos a aplicarla y a sostenerla, haciendo docencia con los padres y ante la sociedad toda. Este es un enorme, gigantesco desafío, y no nos queda otra que enfrentarlo.
2º_ La cuestión de las evaluaciones.
¿Evaluar, sirve o no sirve? ¿Y cómo evaluar para que el resultado sea una justa valorización de méritos y aprendizajes y no, como ha sucedido y sucede, un recurso para aplicar criterios restrictivos? ¿Cómo evaluar garantizando justicia y escalas, en provecho de una mayor calidad? ¿Y cuántas instancias de evaluación habría que aplicar, una o varias? ¿Y a quiénes y cómo evaluar, de manera que sea una verdadera herramienta?
Quizás sea necesario examinar de manera continua, tanto a alumnos como a maestros. Porque las evaluaciones son, en esencia, información. Y la información sirve para generar cambios y mejoras. Para alcanzar la excelencia necesitaremos orientar a los estudiantes, y a la sociedad toda, hacia alguna forma de meritocracia basada en el conocimiento y en valores y principios. De manera que el ascenso social, el crecimiento personal y el colectivo se basen en evaluaciones y cualificaciones vinculantes, y no en el mero paso del tiempo u otros criterios autoritarios que solamente parecen democráticos.
3º_ La cuestión de los "Principios y Valores" y los contenidos.
¿De cuáles hablamos, cómo los definimos y cómo enseñarlos? Seguro ustedes estarán de acuerdo en que hay que reorientar la concepción del trabajo, el esfuerzo, la responsabilidad, la ética, la solidaridad, etc. Muy bien, pero, ¿estamos realmente de acuerdo en la definición, los contenidos y los objetivos de cada uno de esos principios y valores a sembrar en millones de niños y jóvenes? Y además, ¿estamos dispuestos a cambiar nosotros, para que se formen nuevos y mejores ciudadanos mirando nuestros ejemplos? Pongo un caso: el padre va a ver fútbol con su hijo; no hay entradas; el hombre paga boletos truchos o a revendedores, y ambos entran a ver el partido. Aplíquese al cine o cualquier espectáculo público. ¿Quién puede decir que ignora casos como éste, ante los que inexorablemente todos/as hemos hecho silencio?
Hablamos de valores, pero los programas más vistos de la televisión argentina son abominables justamente en esa materia. Lo que la tele "enseña" (y no hay mejor ejemplo de mala educación) es justamente lo contrario de lo que la lectura de calidad y la excelencia educativa exigirían. En lugar de trabajo, "viveza". En vez de esfuerzo y paciencia, caminos cortos o truchos. En vez de responsabilidad, "zafar", "mentir", "culpar a otros". La ética, bien gracias, linda palabra. Y sobre todo: ruido, grito, pensar poco o nada, facilismo y engañar simulando que es importante lo que no lo es. Así lo hace el principal educador de la Argentina, ese señor que puso de moda la erotización neurótica y los bailes con caños; y también esas dos señoras cavernícolas y paquetas que hablan de Nada como si fuera trascendente.
¿De qué valores hablamos, entonces? ¿Qué valores enseñarán a sus hijos y a sus alumnos esos millones de televidentes? ¿Estamos dispuestos a cambiar nosotros, para que nuestros alumnos admiren nuestra coherencia y no nuestros discursos intentando tapar nuestras contradicciones?
Y también deberíamos encarar la revisión de los contenidos de lo que se enseña. Repensar qué historia y qué geografía queremos enseñarle a nuestros chicos y chicas. Y qué matemática, qué filosofía, qué ciencia y qué tecnología queremos que aprendan, y para qué... Es hora de discutir los contenidos en función del proyecto común de una Argentina mejor, y no los contenidos funcionales a intereses de sectores, como aquellos que han venido instalando la idea de la "salida laboral". ¿No es absurdo que nos hayamos dejado convencer de que lo importante de estudiar es que "luego los chicos consigan trabajo", y no, como fue siempre y como debe ser, que lo que importa es estudiar para saber? Ya en el 7º Foro, hace unos años, el Dr. Guillermo Jaim Etcheverry denunció aquí que las universidades argentinas se ocupan más de "ofrecer carreras con salida laboral" que de "enseñar para universalizar el conocimiento", que es la verdadera misión de la Universidad.
4º_ La cuestión del conocimiento: qué saber y para qué.
La excelencia educativa también depende del cambio de ciertos conceptos y vocablos que se pusieron de moda en las últimos años, y que no son más que eufemismos que antes distorsionan que precisan.
Esas modas pedagógicas produjeron un carnaval de ideas de dudosa efectividad. Cuando la escuela argentina comenzó a ser “asistida” por el "mercado" los promotores de la lectura se vieron invadidos por miles de títulos, autores, traducciones, catálogos, listas y cánones de libros que había que comprar. Pero lo que buscaban era vender libros, no promover la lectura. De igual modo la fragmentación educativa destruyó la trama de conocimientos y experiencias del propio sistema. Con el pretexto de “ampliar la oferta”, en realidad lo que se hizo fue convertir a la escuela en feria. Y eso distorsionó los ámbitos. La escuela debe promover lectura, no libros. Y lecturas de calidad, no montonales de cómputos, clasificaciones, fichas, tablas y fragmentaciones textuales que, so pretexto de “orientar” a los jóvenes, “desarrollar sus habilidades”, “estimular la comprensión lectora” y muchos etcéteras, y con expresiones y fórmulas como “oferta educativa”, “calidad de servicio”, “usuarios”, “educar para la productividad” y demás, lo que hacen es anular la inteligente y libre interpretación lectora del estudiante, al ponerlo a trabajar antes que a pensar, o a trabajar sin pensar.
La búsqueda de una mejor calidad educativa debería desterrar del discurso pedagógico institucional esa terminología economicista que invadió a la educación, de la Dictadura para acá, y que aún perdura. Hay que tener cuidado con las palabras. Un día yo mismo me di cuenta de que los chicos se me habían convertido en "educandos", cuando en mi historia, mi corazón y mi trabajo cotidiano eran alumnos, los chicos de la escuela, los escolares, los estudiantes... Ahí me di cuenta de que no quiero un país de "futuros clientes"; quiero una nación de personas. Como tampoco quiero "dictantes" al frente de las aulas; quiero maestras/os, y los quiero enamorados de su vocación y de los pequeños vándalos a los que deben civilizar cada día, todos los días.
5º_ La cuestión de la lengua.
Lo anterior me recuerda que la lengua es el único camino hacia el saber, y por eso debemos hablarla con corrección y propiedad. La lengua que hablamos nos identifica y nos comunica y nos permite saber. No hay atajos hacia el conocimiento. Sólo se accede mediante el dominio de la lengua y mediante la lectura como práctica permanente y placentera. No hay otra vía, son mentiras todos los caminos cortos. Por eso queremos maestros que sepan que la única autoridad moral y socialmente incuestionable es la autoridad del conocimiento. Es fundamental represtigiar la lengua que hablamos y recuperar el dominio de ella. La educación de calidad y la buena lectura se sustentan en el buen uso de nuestra lengua, el Castellano Americano que se habla en la Argentina y casi toda Nuestra América.
6º_ La cuestión de los roles. De la familia y de los maestros.
Se trata de recuperar al saber como fundamento de la educación, y para ello debemos inculcar la valoración del saber, porque el que sabe puede, y hay que leer para saber. De donde el que no lee, ni sabe ni puede. Así de sencillo.
De esto tenemos que hacer docencia en los maestros y en los padres. Porque el problema de la calidad educativa no deriva, como suele decirse, de que los chicos llegan burros a la secundaria. Ni de que llegan débiles de conocimiento a la universidad. No sigamos con eso. El problema de la calidad educativa, como de la pobreza lectora, no es un problema de los chicos; es un problema de los grandes: son la familia y la docencia argentinas las que deben cambiar.
En el plano familiar, ya es hora de exigirle a los papás y mamás de esta república más compromiso, más participación, más responsabilidad y objetividad, y sobre todo hay que ayudarlos a que terminen con la necia idealización de sus hijos. Hay que reeducarlos, con paciencia y perseverancia, en el sentido de que el mejor padre (o madre) no es el que es amigo, sino el que tiene autoridad. El buen padre (o madre) no es el que se hace querer porque es piola o es muy vivo. Es el que se gana el respeto por su sabiduría y coherencia.
Y en cuanto al docente, se trata de ayudarlo a ser más autoexigente y más autocrítico. Hay que trabajar en la formación docente pero no para correr detrás del puntaje, sino para que sepan más y enseñen mejor, y así estén al frente del aula los maestros mejor preparados y no los que tienen más puntaje y antecedentes. Y hay que abrir nuevos y más exigentes requisitos para los aspirantes a la docencia, para que se recupere el espíritu vocacional del magisterio. Entonces sí, defenderlos con la misma fuerza que durante los años de atropello, para que nunca más sean los chivos expiatorios de la decadencia.
Me ilusiono pensando que si ustedes se quedan masticando estas ideas, habremos empezado el proceso de cambio. Ni la lectura de calidad ni la excelencia educativa son utopías imposibles. Son sólo tareas. Se trata de hacerlas juntos, cada día, en cada aula, en cada escuela.
Declaro inaugurado este 15º Foro. Muchísimas gracias, y a trabajar. •
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