Fauna chaqueña
(fragmento de Imposible Equilibrio)
La Sociedad Protectora de Animales publicó una solicitada titulada “¿Los animales también sienten?” Allí decían que todo aquel que ha tenido o tiene animales sabe la respuesta; que los animales son como nosotros pero como no hablan les toca sufrir en silencio; que por eso reclamamos de la conciencia ciudadana un tratamiento ético a los animales, que también tienen sus derechos, y por eso nos oponemos a toda forma de crueldad contra ellos. Todo indicaba que estarían en la más tenaz oposición, hasta que el gobernador les dio un cheque de diez mil pesos para hacer un hospitalito para perros y se ganó su adhesión, además, con un proyecto de ley que envió a la Legislatura estableciendo los derechos inalienables e imprescriptibles de toda la fauna preexistente y de la por venir, con mención expresa a los hipopótamos que a la sazón se gestionaba comprar en África.
Dicha adquisición para entonces era problemática, porque al principio ningún país africano quería vender hipopótamos y era bastante ridículo comprarlos en el Zoológico de Zurich, que ofrecía un viejo casal en venta. Al final la operación se concretó a la argentina: un íntimo amigo del Primer Mandatario hizo contactos en Suiza con la Hemingway Hunter, Co., una compañía semiclandestina de tráfico de animales, que consiguió en Uganda una pareja con cría pero a un precio siete veces mayor que el del mercado mundial interzoológico.
Todas estas cosas se discutían cotidianamente en plazas y esquinas, bares y reuniones. No había otro tema en los hogares; en las escuelas los maestros se habían convertido en expertos zoólogos; y los diarios, las radios y la televisión locales no hablaban de otra cosa. En “La Estrella”, una noche de mayo, todavía calurosa y húmeda, se planteó el problema de si se debía tener en cuenta o no la experiencia anterior con animales. Resistencia es famosa, desde los años 50, porque aquí vivió el perro Fernando, sin duda el can de más renombre de toda la historia argentina. Cualquiera sabe que de esa fama siempre nos hemos ufanado los chaqueños, no en vano Fernando inspiró varios monumentos de la ciudad y hay un rico anecdotario y gruesa bibliografía sobre sus gustos musicales, aficiones, vida y obra.
Quizá sea verdad que los chaqueños siempre hemos estado preocupados por nimiedades y por llamar la atención aunque sólo sea por la cordialidad de nuestra gente. Acaso eso se deba a que nuestro paisaje es tan feo que no tenemos ni siquiera tarjetas postales. Y quizás por eso Resistencia es una ciudad cuya principal característica distintiva es la proliferación de esculturas en las veredas. A alguien, hace años, se le ocurrió poner una frente a su casa, otros lo siguieron, y es así que hoy nos llamamos “La ciudad de las esculturas”. Cada uno hace lo que puede, desde luego, y los pueblos también. O será culpa de los climas tropicales, quién sabe.
Lo cierto es que cuando empezamos a hablar de Fernando, cada uno se largó a contar las acciones y características supuestamente originales o heroicas de los animales que había tenido o conocido. Creo que por respeto nadie mencionó a García, que en esa oportunidad se mantuvo expectante y silencioso, instalado en su rueda de bicicleta junto a la ventana del fondo. Se dedicó a espulgarse con su enorme pico amarillo mientras nos miraba con uno de sus ojos, redondo y negro como un Aleph viviente, y con el otro contemplaba a la mujer de Terada que despachaba en el mostrador rumiando algo en japonés. La conversación languideció enseguida, por supuesto, hasta que el Corto recordó la historia de Carlitos, el murciélago del Cine Argentino que fue el verdadero causante de la clausura de la sala.
El Cine Argentino fue el más feo y sucio de la ciudad. La gente siempre se quejaba de la mugre, el calor, los mosquitos y las chinches, por lo que las autoridades municipales fumigaban la sala periódicamente. Pero el problema verdaderamente insalvable era Carlitos. El Corto intentó los más variados recursos para matarlo: venenos, trampas, ultrasonido, rifles de aire comprimido, matagatos y hasta baldes colgantes del techo que alguno le sugirió porque, como los murciélagos se dejan caer antes de empezar a volar, poniendo tachos se los atrapa cuando se descuelgan. Pero Carlitos, como Batman, era invencible. Su larguísima prole volaba alegremente sobre las cabezas de los espectadores, y de vez en cuando alguno se atrevía con piruetas que espantaban especialmente a las señoras, cuyos peinados eran verdaderas obras de ingeniería porque se había puesto de moda usar spray. Es cierto que también molestaban los aleteos y el incesante tiqui-tiqui-tiqui, pero de ahí no pasaba la cosa y no había mayor peligro. Hasta que se le daba por volar a Carlitos. Entonces el asunto se ponía serio: primero porque era un murciélago enorme que con las alas desplegadas tenía casi un metro de envergadura; y segundo porque tenía la mala costumbre de entrometerse en las mejores escenas y era capaz de tapar momentos sublimes como un beso de Clark Gable, los pechos de Brigitte Bardot, la sonrisa triste de Luis Sandrini o un cañonazo contra los alemanes. Pero el colmo fue la noche del estreno del “Drácula” de Vincent Price: seguramente inspirado por su pariente de la pantalla, Carlitos, todo pasión negra desplegada, se mandó un lúping tan riesgoso que se estrelló en la peluca de la mujer del gobernador militar.
Cortito fue en cana porque los milicos creyeron que se trataba del inicio de una conspiración; y sus amigos más íntimos se pusieron en campaña para liquidar al bicho a cualquier costo. Se intentaron los procedimientos más exóticos, pero todo fue en vano: Carlitos sobrevivió como un judío (lo dijo Klimovsky, orgulloso) y la sala fue clausurada definitivamente. Cortito inauguró el “Biógrafo 70” un par de meses después y de Carlitos nunca más se supo. Aunque algunos dicen que, probablemente, todavía vive en la cerrada oscuridad del viejo Cine Argentino.
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