El Género Negro
Ensayos sobre literatura policial.  Orígenes y evolución.  Temas, contenidos y autores.  Su influencia en la literatura latinoamericana.

© Mempo Giardinelli 1984 y 1996. Publicado por Editorial de la Universidad Autónoma Metropolitana, México DF.
© Mempo Giardinelli 1997. Publicado por Ediciones Op Oloop, Córdoba, Argentina.

Apéndice II

La novela negra en el cine: escritores, directores y actores

En cualquier cine club, video club o sala de arte hoy cualquiera puede encontrar una de las películas más vistas de todos los tiempos: El halcón maltés, de John Huston, con Humphrey Bogart, Mary Astor y Peter Lorre. Verdadero clásico del cine universal, fue filmada en 1941 a muy bajo costo y más o menos en la misma época en que Ciudadano Kane, de Orson Welles, producía una revolución en la industria cinematográfica.
            Este film fue la tercera versión -y no fue la última- de la gran novela escrita por Dashiell Hammett en 1930. Antes se habían rodado dos mediocres versiones, dirigidas una por Roy del Ruth (1931) y la otra por William Dieterle (1936, con Bette Davis).
            Así como esta novela marcó un hito en la moderna literatura policial, la película de Huston también lo hizo: hoy se puede hablar de un antes y un después de El halcón maltés, también en la filmografía negra.
            Hasta ese 1941 el cine negro carecía de la precisión genérica que hoy tiene. Huston se marcó a sí mismo un camino, que recorrió con otros filmes negros como Key Largo (1948) y La jungla de asfalto (1950). Pero sobre todo marcó un cambio en el gusto del público. Que poco a poco empezó a interesarse más por el cine de género. Y el género negro, en particular, inició su camino junto al western, el cine bélico, el psicológico, etc. Se instalaron en el gusto del público parejas que fueron clásicas del cine negro: Bogart-Bacall; Powell-Loy; Stanwick-McMurray; al mismo tiempo que se imponían actores “duros” que resultaron paradigmáticos: Bogart sobre todo, pero también Edward G. Robinson, James Cagney, más tarde Lee Marvin, Steve McQueen, Robert Mitchum, Paul Newman, Lino Ventura, Belmondo, Delon y muchos más hasta los ‘90, con Gary Olman y Denzel Washington, entre muchos otros.
            La industria del cine, desde sus orígenes, necesitó -como factor de atracción- de altas dosis de acción y drama, persecuciones y golpes, amor y violencia, y, por supuesto, también debió crear héroes que el público pudiera identificar y amar.
            La literatura policial clásica ya había dado material abundante. Un crimen y varios sospechosos, un detective astuto que supera pistas falsas, y cierto ambiente exótico, eran elementos ideales para el cine, y además eran producciones muy baratas. Agatha Christie, en Inglaterra, se llenó de oro con este tipo de películas, además de que sus libros eran indiscutibles best-sellers.
            Tanto el cine inglés como el norteamericano recurrieron originalmente a las variantes clásicas de la literatura: las obras de Conan-Doyle o las de Gastón Leroux. Pero fue en Hollywood donde proliferó una variedad increíble de personajes de este tipo. Entre ellos Charlie Chan (un notable chino interpretado por el sueco Warren Oland); el japonés Motto que era interpretado por el húngaro Peter Lorre; las populares caracterizaciones de Ronald Colman; el inverosímil Philo Vance (millonario y erudito en todas las artes y ciencias) que creara S. S. Van Dine, quizá uno de los escritores más populares de su tiempo; la creatura de Leslie Charteris, Simon Templar, más conocido como “El Santo”. Todos ellos formaban una verdadera fauna detectivesca que, a más de inverosímil, era caricaturesca pues a los previsibles finales felices antecedían situaciones risibles, golpes bajos y escenarios absurdos.
            En los años 30 el espectador empieza a dejar de ser un mero voyeur, cuando la realidad también entra a la ficción filmada. No es pequeño detalle recordar que a partir de 1931 Hollywood contrató, con muy buen sentido, a una legión de escritores talentosos, críticos de la sociedad norteamericana y sus costumbres. William Faulkner, James Cain, Francis Scott Fitzgerald, Alfred Hitchcock, Frank Gruber, Dashiell Hammett, Horace McCoy, Jim Thompson y Raymond Chandler (entre muchos otros) marcaron un nuevo rumbo. A partir de sus guiones ya no podrían ignorarse las contradicciones de la sociedad norteamericana: la depresión, el tráfico de alcohol y de drogas, la corrupción, la violencia, los gángsters.
            El viejo detective-investigador no perdía vigor, todavía, pero ahora debía compartir el escenario con historias completamente negras que provenían de la mejor literatura. Eran los llamados tough writers (escritores duros) que empezaban a cambiar la industria.
            En el mismo 1931 de la primera versión de El halcón maltés se filma El pequeño César, novela negra de William Riley Burnett, bajo la dirección de Mervin Le Roy. En 1932 Howard Hawks filma Scarface, que no es otra cosa que la biografía negra del popularísimo capomafia Al Capone. También se filman novelas más bien clásicas de Edgar Wallace, Ellery Queen, Cornell Woolrich y William Irish (estos dos últimos eran una misma persona), pero ya Burnett y Hammett imponían la nueva tendencia. Baste recordar que de este último autor se filmaron ocho películas en la década de 1930, antes de El halcón maltés de Huston.
            “El crimen no paga” y “los asesinos siempre pierden” fueron dos verdaderos lugares comunes en los años 40, por imposición de la censura y porque la Segunda Guerra Mundial parecía exigirle al cine cierta frivolidad y moralidad: era necesario que triunfaran “los buenos” y debía subrayarse que el mal siempre recibe castigo. Abundaron entonces los policías honestos y los investigadores incorruptibles. No obstante, la realidad había llegado para quedarse, y si un mérito debe reconocerse a Hollywood es que nunca abandonó del todo esta tesitura, más allá de las imposiciones políticas de cada década.
            Humphrey Bogart se convirtió, hasta su muerte en 1957, en símbolo de realismo, rudeza y coraje personal. Esa conversión abrió un camino prolífico para una legión de guionistas, actores y directores, porque indudablemente fascinaba a las multitudes. El ciudadano medio veía en él la concreción de sus aspiraciones heroicas, aspiraciones naturales para una sociedad como la norteamericana, triunfalista y exaltadora del individualismo y el arrojo personal.
            A partir de 1942 la huella de Raymond Chandler ingresa al cine californiano, y la incorporación de sus novelas a la filmografía es paralela a la de las novelas de otros dos grandes: James Cain (El cartero siempre llama dos veces es otro clásico desde su primera versión, en 1946, igual que Double indemnity, que es de 1944); y David Goodis (en 1947 su alucinante Dark passage fue interpretada por la pareja Bogart-Bacall).
            Si en el cine clásico era importante sobre todo el detective, ahora también lo era el criminal, quizá porque la dureza de estos personajes no sólo tenía grandes posibilidades dramáticas sino que también hacían falta en un sentido moralizador. Los directores William Wyler, Alfred Hitchcock y Robert Siodmark fueron los encargados de esta filmografía, y más tarde también Joseph Losey, un John Huston más maduro y Richard Brooks.
            La década de los 50 se inició con la feroz persecución maccartista, que afectó a muchos directores, escritores y actores. Delatados por algunos de sus colegas, Hammett, Losey, Kubrick y muchos más debieron alejarse de Hollywood. Se produjo un cierto vacío, porque la censura era atroz. Eso mismo permitió y alentó el nacimiento de un nuevo tipo de “duro”: un verdadero cazador de “malos”, violento, machista y ferozmente anticomunista. Su creador fue un escritor llamado Mickey Spillane, que fue popularísimo en los 50 y 60, y su personaje se llamó (y se sigue llamando pues cada tanto vuelve a la televisión) Mike Hammer. Esta especie de justiciero cowboy urbano fue llevado al cine varias veces entre 1953 y 1957, y luego catapultado a la televisión.
            Aun cuando Hammer era el paradigma del sistema en plena Guerra Fría, hay que rescatar algunas excelentes películas negras de esta década. Entre ellas Mientras la ciudad duerme (1950, la última que hizo Huston antes de la censura) y Sin conciencia (1951), una joya de Bretaigne Windust. Y hacia el final de la década, pasado lo peor, la extraordinaria Sombras del mal (en inglés Touch of Evil, de 1958) dirigida e interpretada por Orson Welles.
            A partir de los 60, el género negro ya se había impuesto en el gusto del público, y también en la industria. La floreciente televisión se afirmaba, entre otros recursos, con series policiales de enorme popularidad (La patrulla del camino, con Broderick Crawford, fue un clásico de la época). Desde entonces se produjeron detectives en serie y la violencia comenzó a trepar hacia niveles cada vez más efectistas.
            De todos modos, subsistieron investigadores del tipo del Tony Rome que interpretó dignamente Frank Sinatra, y se buscaron nuevas modalidades moralizantes en trabajos como los del Serpico de Sidney Lumet. Todo mezclado con la brutalidad vulgar de Harry el sucio, Madigan o Mi nombre es violencia (todas de Don Siegel) y con los inconcebibles y caricaturescos James Bond creados por Ian Fleming, los que definitivamente se salen del género negro.
            En los 70 y 80 se afirmó el auge del género. Curiosamente, algunas de las mejores películas negras fueron de la llamada “Clase B” (un cine de bajo presupuesto, sin grandes figuras y con modestas expectativas). Por ejemplo, la sensacional Cuerpos ardientes (de Lawrence Kasdan, y que significó el salto al estrellato de la actriz Kathleen Turner).
            La televisión también dio de todo y para todos los gustos: Kojak, Cannon, Magnum y muchísimas series más. El simplismo siempre parece ganar la batalla en Hollywood, aunque Hollywood siempre parece capaz de salirse de sus propios moldes.
            Además, en los 70 hubo un muy buen cine negro francés. En Italia también se filmaron películas que pueden ser encuadradas dentro del género, y en los 80 empezó a haberlo en España. Países como México y Argentina, que siempre tuvieron una interesante industria cinemagográfica, jamás dejaron de frecuentar el género negro, con suerte variada.
            Por supuesto que este rápido repaso no pretende ser completo, ni mucho menos lo es la lista que sigue. Que no es otra cosa que un somero fichaje de algunos filmes, autores y textos negros ya clásicos, y a la vez quiere ser un homenaje a la innovación estética y al valor cívico de una brillante generación literaria y cinematográfica integrada por autores, directores y actores incomparables.
            A continuación una lista (para nada exhaustiva) de algunos de los mejores títulos del cine negro:
            Dashiell Hammett. En 1931 se filmó City streets (Calles de la ciudad), que fue su primer argumento en Holyywood. Rouben Mamoulian dirigió a Gary Cooper y Sylvia Sydney.
            Entre 1934 y 1941 W.S.Van Dyke filmó la saga de Nick Charles (de la novela El hombre flaco) con una pareja famosísima: William Powell y Myrna Loy, con la perra Asta.
            Frank Tuttle y Stuart Heisler filmaron sendas versiones de la novela La llave de cristal en 1935 y 1942, respectivamente.
            El halcón maltés se filmó tres veces (la última, de Huston, en 1941).
            Raymond Chandler. En 1944 se hizo la primera versión de Adiós, Muñeca. La película se llamó Murder, my sweet (en castellano: El enigma del collar) y la dirigió Edward Dmytrik con Dick Powell en el papel de Phillip Marlowe. En 1975 la volvió a filmar Dick Richards con Robert Mitchum haciendo de Marlowe.
            La dama del lago fue filmada por Robert Montgomery en 1946.
            Ese mismo año Howard Hawks dirigió Al borde del abismo (sobre la novela El sueño eterno), con guión de William Faulkner y la pareja Bogart-Bacall en los estelares.
            En 1947 John Brahm dirigió La ventana siniestra.
            En 1968, La hermana pequeña se filmó con el título Marlowe, dirigida por Paul Bogart y con James Gardner en el papel principal.
            En 1973 Elliot Gould interpretó a Marlowe en El largo adiós, la mejor novela de Chandler, bajo la dirección de Robert Altman.
            En 1977 fue otra vez Mitchum el encargado de estelarizar No llores más, muñeca, basada en El sueño eterno, dirigido por Michael Winner.
            Por otra parte, al mismo Chandler le tocó ser guionista de varias películas, entre ellas la mencionada Pacto de sangre (novela de Cain dirigida por Billy Wilder en 1944) y Pacto siniestro, basada en una novela de Patricia Highsmith y que dirigió Alfred Hitchcock en 1951.
            Phillip Marlowe fue interpretado sucesivamente, desde 1942, por George Sanders, Dick Powell, Robert Montgomery, Humphrey Bogart, James Garner, Elliot Gould y Robert Mitchum.
            Ernest Hemingway. En 1945 Howard Hawks hizo una estupenda versión de Tener y no tener, con guión de William Faulkner. Ese mismo año, Robert Siodmark realizó una buena versión de Los asesinos, con John Huston y Richard Brooks como guionistas.
            En 1964 se hizo una nueva versión de esta obra, con Lee Marvin y Angie Dickinson, y Ronald Reagan en el papel de Jack Browning.
            James Cain. Su obra más famosa, El cartero siempre llama dos veces, se filmó en cuatro oportunidades. En 1939 la dirigió Pierre Chenal en Francia; en 1942 la hizo Lucchino Visconti en Italia; y en 1946 la dirigió Tay Garnett con una Lana Turner inolvidable. En 1981 Bob Rafelson realizó la última versión, con Jack Nicholson y Jessica Lange.
            También de Cain hay que destacar Pacto de sangre (Double indemnity), con Fred Mac Murray, Barbara Stanwick y Edward G. Robinson, cada cual más brillante que el otro.
            También se filmaron sus novelas Mildred Pierce (como El suplicio de una madre, con Joan Crawford dirigida por Michael Curtiz, en 1945), Una serenata y El estafador.
            Horace McCoy. En 1950 se filmó El beso del adiós (el filme se tituló en castellano Corazón de hielo) bajo la dirección de Gordon Douglas y protagonizada por James Cagney.
            En 1969 Sidney Pollack dirigió a Jane Fonda en Baile de ilusiones (sobre la memorable novela ¿Acaso no matan a los caballos?).
            Entre otros guiones, McCoy escribió a dúo con James Cain el de Western Union (1940, dirigida por Fritz Lang). También escribió el libro de Texas, de George Marshall, con William Holden y Glenn Ford.
            William R. Burnett. Se conocen varias películas de este autor, pero las clásicas son El pequeño César (1931) de Mervyn Le Roy con Edward G. Robinson y Douglas Fairbanks Jr.; Pasaporte a la fama (1935), de John Ford con el mismo E.G.Robinson; Alta Sierra (1941), de Raoul Walsh, con Humphrey Bogart e Ida Lupino.
            También Mientras la ciudad duerme (sobre la novela La jungla de asfalto) con Sterling Hayden y Marilyn Monroe en un hermoso papel de reparto.
            James Hadley Chase. También se filmó una buena cantidad de sus novelas, entre las que destacan dos versiones de El secuestro de la señorita Blandish: en 1951 la dirigió John Clowes y en 1971 Robert Aldrich, esta vez bajo el título La pandilla Grissom.
            También es recordable su magnífica novela Eva, que en 1962 llevó a la pantalla Joseph Losey con Jeanne Moreau de protagonista, acompañada por Stanley Baker y Virna Lisi.
            Ross MacDonald. Hubo muchas versiones de su detective Lew Archer, en cine y en televisión, pero las insuperables siguen siendo El blanco móvil, de Jack Smight (1966) y La piscina mortal, dirigida en 1976 por Stuart Rosenberg. En ambas Paul Newman hizo el papel de Archer.
            Mike Spillane. También fue profusamente filmado, y su personaie Mike Hammer fue estelarizado por Darren Mac Gavin para la televisión. Entre lo más destacado de su filmografía figuran Yo, el jurado (1953) y Bésame mortalmente (1955), ambas dirigidas por Robert Aldrich.
            Jim Thompson. En 1956 Stanley Kubrick hizo Casta de malditos (basada en la novela La sangre de los King) y en 1973 Sam Peckimpah dirigió la primera versión de La fuga (en inglés The getaway). La segunda, en los 90, con Kim Bassinger y Alec Baldwin, fue dirigida por Roger Donaldson.
            En 1981 el director francés Bertrand Tavernier hizo una estupenda versión de 1280 almas. Se tituló Coup de Tourchon y la protagonizaron Phillippe Noiret, Isabelle Huppert y Stephane Audran.
            David Goodis. En 1947 Humphrey Bogart estelarizó La senda tenebrosa (sobre la novela Dark Passage) bajo la dirección de Delmer Davis y acompañado por Laureen Bacall.
            Luego lo adoptó el cine francés: Disparen sobre el pianista fue dirigida por Francois Truffaut; Los ladrones la realizó Henri Verneuil; y Viernes 13 (bajo el título Triple traición) fue dirigida por René Clement en 1972.
            Donald Westlake. Casi todas sus obras han sido llevadas a la pantalla, pero merece mención especial la extraordinaria A quemarropa (Point Blank, 1967), dirigida por John Boorman y con Lee Marvin en una de las mejores actuaciones de su carrera.
            En cuanto al cine negro francés, se ha llevado a la pantalla toda la obra novelística de José Giovanni (10 de cuyas novelas y guionees dirigió él mismo. Además, directores como Pierre Chenal, Claude Chabrol, François Truffaut, René Clemente y Henry G. Clouzot, entre otros, siguieron la senda marcada por Hollywood. De hecho los franceses tienen una larga  y rica tradición de cine negro, del mismo modo que los ingleses la tienen con el cine policial clásico.
            En México y en la Argentina, como se ha dicho, también se ha frecuentado este género en la pantalla, desde los años 40. Pero dar cuenta de ello exigiría investigaciones específicas y un espacio que supera las páginas de este libro.
            Finalmente, a mediados de los 90, cuando cerramos esta reedición, ya hay un cine negro posmoderno que gana adeptos asombrosamente, sobre todo en las generaciones más jóvenes, aquellos que terminarán el siglo, y el milenio, en sus 20 años de edad. A los popularísimos filmes de Quentin Tarantino (Los perros de la calle y Tiempos violentos, en inglés Pulp Fiction), deslumbrantes por su peculiar estilo narrativo, hay que añadir varios títulos sobresalientes: La muerte golpea dos veces y Traición perfecta, de John Dahl; Un paso en falso (de Carl Franklin); Simplemente sangre (de los hermanos Coen); e incluso Al filo del abismo (Romeo is bleeding, en inglés) en la que la impagable Lena Olin se luce al filo, en rigor, de la combinación con otro género de enorme popularidad: el comic.
            Pero sobre todo hay un filme que está llamado a ser clásico del género, seguramente porque su concepción es clásica: El demonio vestido de azul (Devil in a blue dress), basada en una novela de Walter Mosley y dirigida por el mencionado Carl Franklin. Casi una remake global del género, todo en el filme es negro: el director, el personaje principal que encarna el actor Denzel Washington, la historia y la ambientación de posguerra. Ahí está todo lo que el género negro exige y ofrece: dinero, sexo, la ambición, el jazz, los gángsters, la degradación de los afro-americanos, el racismo, las culpas del pasado y un impecable y preciso relato en off de una primera persona que por andar desocupada termina metiéndose en líos, como le sucedió y le sucederá a millones de habitantes de las junglas de cemento. •


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