Reseñas:

El primer comentario crítico a propósito de SANTO OFICIO DE LA MEMORIA

Suplemento El Cronista Cultural, del Diario El Cronista. Domingo 15 de Marzo de 1992.

LA FICCION DEMOGRÁFICA
El último libro de Giardinelli, verdadero magma novelesco

Por Carlos Roberto Morán

Postula Ricardo Piglia una novela en la que el todo quede representado: "Concibo la novela, o más bien la ficción, como un tipo de trabajo particular con la lengua, que supone la posibilidad de elaborar los materiales más variados. Me parece que todo se puede ficcionalizar: historias de amor, teorías, batallas, silogismos..." (Por un relato futuro, p 11).
        Aunque sin compartir absolutamente tal ideario, el argentino Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, 1947) ha escrito Santo oficio de la memoria, su ópera magna, con la evidente intención de querer cubrirlo todo, para lo cual se tomó diez años de trabajo "traducidos" en casi seiscientas cincuenta páginas que narran tanto la historia de la familia Domeniconelle-Stracciattivaglini como la del país, sin desdeñar reflexiones sobre el arte, la cultura, la propia historia de la humanidad.
        Verdadero magma novelesco (como denominaba Vargas Llosa sus primeros trabajos), un lugar de puertas abiertas, no un resumen sino una sumatoria de voces que parecen cubrir la totalidad de los espacios: "No, aquí no hay quien se haga cargo de nada. Ni siquiera hay secuencias”. Y luego se aclara: "Las voces hablan, musitan, murmuran, confunden porque son voces humanas. Apenas tienen pequeños sentidos y están llenas de sinsentido”. Y otra advertencia: “Se trata de escuchar y estar atentos”.
        Giardinelli es autor de una ya extensa obra integrada en su mayoría por novelas de las que sobresale Luna caliente, con la que obtuviera el Premio Nacional de Literatura en México, en 1983, donde por entonces vivía exiliado. En esos trabajos (las novelas La revolución en bicicleta, El cielo con las manos, la citada Luna caliente, y en distintos cuentos) aparece el Chaco como realidad geográfica y algo más, un espacio que colinda con lo mítico. El Chaco es, a pesar de —o debido a— su agreste geografía no sólo el lugar de la acción, sino el sitio al que se desea regresar, al que se recuerda con pasión, amor y odio, emociones contrapuestas que no pueden anularse entre sí.
        El Chaco resulta, en su nueva novela, ese territorio. Es el lugar de los Domenicolle —después de su paso por Buenos Aires— y el sitio en el que eventualmente se radicará Pedro, el último vástago, síntesis de la familia, cuando deje definitivamente el exilio mexicano y retorne en barco a este país extraño, también cargado de pasión y misterios.
        Giardinelli ha dejado de lado, como reto que asume, las formas narrativas habituales. Optó, en general, por los monólogos en primera persona y se instaló en el centro del debate que excede largamente a los Domeniconelle y sus anécdotas controvertiendo en torno de la Argentina, su pasado, su presente y eventual futuro.
        No se quiere confundir al lector: en estas pobladas páginas, la vida cotidiana de los Domeniconelle (en su gran mayoría mujeres) es relatada una y otra vez, pero esas pequeñas biografías, de inmediato son vinculadas por Giardinelli con la historia del país, haciéndolo de tal forma que ambos registros se vuelven uno. Y, así, las vidas de los Domeniconelle, atravesadas por las desgracias, el desencuentro y la dispersión, terminan siendo retratos indisimulados de esta difícil nación.
        Los Domeniconelle-Stracciattivaglini arribaron al país en 1885. Lo hicieron en pareja: Antonio, de carácter fuerte, autoritario, y su mujer, Ángela, y el pequeño Gaetano, en tanto otras dos criaturas quedarán para siempre en Italia. Y ése será el primer dolor, la primera desgracia familiar, que se extenderá cuando los hombres de la familia (Antonio, Gaetano, su hijo Enrico) encuentren la muerte, asesinados, siempre por oscuros motivos que no se explicitan.
        Le costará a la familia afincarse, hacerse fuerte en un país donde la mayoría estaba conformada por inmigrantes, pero en el que dominaba una clase minoritaria, poderosa, casi racista. Se volverán, pese a todo, argentinos, y vivirán las penurias propias de un territorio en el que las alegrías suelen escasear.
        Ángela, o Angiulina, con el pasar de los años se volverá la Nona. Extrañamente, por ser mujer y pertenecer a un sector social que las marginaba, la Nona leerá y se transformará en apasionada defensora de Dante y de Virgilio, se volverá la memoria plural de la familia y también el eco de la historia y la cultura universales que oirán los Domeniconelle. Otra sumatoria más, muchas veces farragosa, cuando no confusa, como si fuera el dibujo mismo de la cultura nacional.
        Pedro será el heredero, sin hijos varones, de esa familia donde los hombres escasearán. Cuando decide regresar al país (las causas del exilio no se explicitarán) ha dejado atrás un amor imposible, cuatro hijas, un divorcio y, descarnado (pese a voces aciagas que dicen “lo matarán”), se dispone a volver al Chaco, para recomenzar una historia inconclusa.
        Y también está el Tonto de la Buena Memoria, el idiota de la familia, incansablemente: "Yo anoto todo, como quien lee un pensamiento, como quien sabe más que lo que sabe el que habla". El Tonto es el narrador, quien cuenta para los demás: "Yo quiero —dice el personaje— que la literatura me cuente cosas. Quiero leer una novela que esté llena de cuentos. Quiero un cuento inacabable que sea una novela infinita".
        Santo oficio de la memoria guarda esos postulados: es Scheherazade narrando historias para no morir. Son Las mil y una noches de la pasión argentina. Monumental como un mural de Diego Rivera, el todo está acá donde hablan los muertos, se cuentan los grandes hechos y las minúsculas acciones, se hace referencia al amor, la soledad, y en el que las pasiones estallan una y otra vez.
        La novela es extensa, a nuestro juicio en forma excesiva. No siempre las voces aparecen bien diferenciadas unas de otras, pero lo cieno es que Giardinelli escribió su novela, con afirmaciones e interrogantes, contando, contando siempre: "Si se escribe, que sea literatura, arte. Y que se sepa adjetivar, colocar los tiempos de verbos, dominar la técnica, romperla, quebrar las formas y las reglas. Y todo ello contando una historia. Sin narración no hay literatura''.

CARLOS ROBERTO MORÁN es escritor y periodista


«Volver