Reseñas:

Diario El Mercurio, Santiago, Chile
Revista de Libros
Viernes 26 de Mayo de 2006

Otra cara del espejo
Por Hernán Poblete Varas

Vamos de texto en texto, del propio Giardinelli a Borges para dar con este título que, según me parece, representa la faceta más profunda del gran narrador argentino.
"Lo sublime y lo grotesco - nos dice Fernando Alegría- son los términos dialécticos entre los cuales se distiende la metáfora de Giardinelli para definir su mundo narrativo".
Me atrevo a agregar que entre estos términos dialécticos está la permanente búsqueda del escritor, no por afán de variedad, sino del encuentro de las múltiples facetas que el observador puede distinguir entre el ser y las circunstancias de personajes y situaciones.
Un proceso de experimentación, de renovada tentativa, que va de un libro a otro con la impronta del descubrimiento, del modo de ver, siempre la otra cara del espejo. Y, por esto, Mempo Giardinelli siempre - repitamos- sorprenderá al lector.
Según se le lee, uno descubrirá que cada vez es nuevo. No hay aquí ese estilo caracterizador que, en cierto modo, define al escritor: aquí estamos en plena aventura.
¿Qué hay de común entre Santo Oficio de la Memoria (novela gigante) y Luna caliente, breve, tormentosa, fascinante historia? ¿O entre esa historia de hipopótamos más humanos que los humanos y Estación Coghlan y otros cuentos?
Este es un escritor en permanente "vuelta de tuerca", que no se aviene a fórmulas, en busca de ese mundo nuevo que puede estar oculto en cada recoveco de la existencia.
Las catorce historias de Estación Coghlan pertenecen, también, a ese juego de imágenes cambiantes que el espejo reflejará según el ángulo de la mirada que lo enfrenta. Ahí están desde el humor entre dientes (siempre habrá un cariz doloroso, aún en la sonrisa) hasta el drama sin paliativos, puro dolor, crueldad pura. Un modo descarnado, casi inhumano, en la percepción de una realidad sin disimulos. Así esa historia de las gemelas Popoff, que contrasta con "Sentimental Journey" y su ironía con dejos de amargura.
El humor va por sus fueros en cuentos como "Martita on my mind", esa mujer que posee el arte de aparecer en las vidas ajenas y esfumarse con igual soltura de cuerpo. Y también, pero ahora con tintes crueles, en esa original venganza que Giardinelli nos relata en "Kilómetro 11", tal vez lo mejorde este volumen, si caben comparaciones entre los volubles mundos del autor.
Tal vez - y hay que decirlo- hay más perfilado talento, más fuerza creadora en otras obras de Mempo Giardinelli: pero hay que observar otros rostros en el espejo del creador. Y no nos defraudarán estos relatos. •


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Ñ, REVISTA de CULTURA
Diario CLARIN
Sábado 1 de Abril de 2006

El país narrado desde un andén
Daniel Viglione

En los catorce relatos de “Estación Coghlan”, los personajes de Mempo Giardinelli son pasajeros en tránsito que enfrentan todas las estaciones del alma.

Desde la publicación de su nuevo libro, Estación Coghlan y otros cuentos, Mempo Giardinelli no ha dejado de expresar, abiertamente, lo que para él significa esta obra: “Es mi retorno, después de muchos años, al cuento; el género que más amo y en el que me siento más cómodo”.
Y en esta vuelta, Giardinelli lo hace con una sutil belleza poética, con una prosa a veces violenta –como de una escritura turbada de fiebres en las que el papel, debajo de cada palabra, pareciera ir desgarrándose-.
Los catorce relatos que integran Estación Coghlan van dejando huellas en la lectura: andenes donde pasea el alma; vuelos y aeropuertos en la realidad de un sueño; el puerto de Buenos Aires lleno de memorias y Sudestada; las lágrimas de un amigo en Nochebuena; el amor y la envidia en cinco fotografías; un viaje en ómnibus cargado de sensualidad; la indiferencia mamada desde niño y vuelta resentimiento…
Y así, más y más, muchas más huellas que parten desde “Estación Coghlan” y viajan hasta “La otra forma de la espada”; un recorrido en el que los personajes observan como aturdidos ese mundo en que les ha tocado andar muchas veces en silencio, tratando de comprenderlo o de cambiarlo –como en los relatos “Desembarco en la memoria”, “Naturaleza muerta con odio”, “Kilómetro 11” o “Tito Nunca más”–; intentando vivirlo con esa auténtica intensidad que sólo habla desde el cuerpo desnudo y sediento de caricias, como en “Sentimental Journey” o “Meheres como moras, esperando”. En Estación Coghlan los personajes de Giardinelli dejan verse desde lejos y desde muy cerca, muy adentro, mostrando libremente sus anhelos y sus hastíos, transitando con verdadero peso, sin liviandad, ese mágico y real mundo creado por el autor, entre otras novelas, de La revolución en bicicleta, Luna caliente, Santo Oficio de la Memoria y Visitas después de hora.
“Demasiado país –pienso, mordiéndome un labio, alterado por una emoción intensa que incluye ansiedad, dolor y miedo-. La literatura argentina es una Babel levantada por los descendientes de Noé a pura soberbia y a los que Jehová castigó imponiéndoles la confusión de la lengua. (…) A ese país vuelvo. A esa memoria inextinguible. ¿A ese destino? Miro el puerto, reconociendo el amanecer en algunos edificios de Buenos Aires”.
En este retorno a uno de los géneros de mayor tradición rioplatense, esta obra se transforma en un andén indispensable para observar el país y su historia; allí no sólo hay “árboles y plazas y el cansino paso del tren (…) es la patria chica más chica de cada uno”, es un recodo en el que hay que detenerse, en el que es necesario descender para comunicarse con uno y con los otros, para enfrentarse al pasado y sus fantasmas, para redimir las culpas que hayan quedado pendientes, para amar y soñar… en silencio y a toda voz.


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